|
Julio Santillán
(30) y Franco Pinna (32), ambos de Tucumán, y el bajista cordobés
Fernando Huergo (36) se conocieron en Boston y redescubrieron a la música
argentina con la nostalgia de los auto exiliados.
Casi seis años después de comenzar el proyecto, Los Changos
Trío volvió al país para presentar el material de
su tercer disco, Ñann, una mezcla apasionada y estimulante del
folklore norteño, el vértigo de jazz y la consistencia compositiva
de un conjunto clásico.
En la noche de ayer, la banda que lidera Santillán pasó
por el Auditorio Carlos Ortiz, en lo que fuera el cierre de su gira por
Argentina (que los llevó a tocar cinco fechas en Buenos Aires junto
a figuras con Raúl Carnota y Juan Quintero), y dejó la sensación
de que algo importante está pasando con el folklore nacional, demasiado
lejos de sus fronteras.
Con la música de raíz nativa como punto de partida, Los
Changos hace su música sin mirar demasiado hacia las formas típicas,
y en cambio deslizar su propia lectura de los ritmos argentinos con una
frescura singular.
Tal vez interceptados a mitad de una búsqueda estética entretejida
con la identidad musical que se llevaron de Argentina, los músicos
parecen comprender que los límites de cada estilo sólo reconocen
a la emoción como parámetro. En esa tónica formal
y emocional, el grupo presentó los temas del nuevo disco, todos
compuestos por Santillán, en los que repasan chacareras, taquiraris,
zambas, carnavalitos, tangos y cuecas.
La libertad y la excelencia técnica caracterizan a este trío
que, lamentablemente, hay pocas oportunidades de disfrutar en los escenarios
locales. Con Danza ritual en el comienzo, seguido por la nostalgia tanguera
de Autorretrato, Los Changos delineó con pocos trazos la esencia
de una búsqueda musical enraizada con lo popular.
De más está destacar el desempeño de los músicos.
Huergo es un talento que aprovecha los matices colorísticos del
bajo con una sutileza técnica que enriquece al plano rítmico
tanto como al armónico y el melódico. Los solos se distribuyen
con un criterio que no abunda en virtuosismos y en cambio apoya la unidad
de cada obra con dosis bien administradas de improvisación y tensiones
entre instrumentos.
Santillán en la guitarra lleva casi siempre las melodías,
la mayoría melancólicas, y deja que Pinna acentúe
con la batería los pasajes más poderosos.
El resultado es una fórmula tan atractiva en la forma como el contenido,
con igual énfasis en la exploración armónica como
en la tersura melódica. Hacia el final, La gallina cueca impuso
el vértigo en picada mezclado con remansos de improvisación
que no abandonaron la tensión propia de la forma rítmica.
Los Changos Trío pasó por Córdoba y dejó una
huella difícil de olvidar. Para los que no lo vieron, se recomienda
agendar el nombre de estos tres jóvenes músicos argentinos,
que inyectan nueva energía a la música argentina, desde
un lugar demasiado lejos.
|